martes

Chapter one

Comenzaré a escribir lo que algún dia muuuuy lejano podría llegar a ser mi librito...


Capitulo 1

Era una tarde tremendamente lluviosa, como cuando ves que pareciera que le avientan cubetazos a la calle y las gotas parecen tan pesadas como las piedras mismas, cuando el doctor Leo McKay se encontraba en su despacho, había tenido un largo día de trabajo y se encontraba reflexionando para saber qué hacer en su siguiente día, era una persona veterana de la guerra y con el tiempo transformado en un individuo jubilado.

Habían pasado los años desde que McKay había encontrado el pasaje en el cual se aclaraba todo, ahora su pelo se teñía de blanco nieve, su cara parecía de una tela clara y arrugada, su andar había cambiado también, se le veía apoyado en un viejo bastón de madera tallado por los mismos pieles rojas que conocía desde su infancia.

Su vida hasta el momento había sido dura, mas él nunca había dejado de pensar en aquél asesinato que el revolvía la cabeza con secuencias de imágenes poco entendibles, cada vez que dormía, soñaba con las mimas escenas espantosas en las que un joven lleva a otro, con el que tiene cierto parecido, caminando por una angosta vereda cubierta de hierbas y árboles frutales, en un ambiente en que pareciera que la vida misma no ha sido inaugurada, posteriormente: sangre, aquí y allá, corriendo por las veredas, bajando por el risco, cayendo a lenta velocidad hasta topar con el final de su camino, hasta encontrar un montón de piedras en donde quedar para yacer hasta el fin de los días, entonces el culpable al ver la escena huye posiblemente a esconderse.

En ese momento fue que comprendió, su sueño y el pasaje leído asimilaban de manera que casi parecían idénticos, era como si alguien mas supiera lo que soñaba como si su mente y la de alguien más estuvieran conectadas, el único problema era que la conexión se remontaba hacia el año 50 de nuestra era, algo no encajaba, algo estaba mal, alguien tenía algo que explicarle y lo tenía que encontrar.

Por dónde empezar, a dónde ir, con quién acudir eran las preguntas que ahora atormentaban su calma, en medio de su concentración parecía que la lluvia había reducido, que de ser casi un cataclismo pasaría a ser sólo una pequeña brisa con casi nula corriente de aire.

-Tráeme un té de manzanilla- dijo a su esposa, que paciente observaba el martirio psicológico por el que pasaba, veía cómo el doctor se quitaba los anteojos, los limpiaba una y otra vez, se sobaba la sien para continuar con su pensar.

-Claro, ahora mismo prepararé uno para que calmes esos nervios- ella sabía el momento en que todo había comenzado, sabía qué era lo que soñaba, por ello fue que acudió con el pastor de su iglesia a pedir ayuda.

-Enseguida vuelvo-continúo diciéndole a su acongojado marido que aún estaba recargado en su escritorio de fina caoba, de esa que impregna su dulce aroma en el aire

-Está bien- dijo McKay, que se encontraba casi sonámbulo-pero mejor tráeme café…

-Pero si tú no lo tomas desde hace años- respondió su sorprendida mujer

-No quiero dormir, tú sabes perfectamente lo que me pasa, cada vez que cierro los ojos veo esas malditas imágenes, no sé si es bueno temer, pero desde hace un par de días he empezado a soñar algo más, algo que me paraliza, algo que no comprendo.

-Está bien, como quieras pero tal vez eso no está en ti, yo sé de muchas artimañas de las que se vale la maldad de este mundo, y una de ellas es por medio de pesadillas; deberías acudir con el pastor John, seguramente el sabrá que hacer- replicó la madura mujer.

-No necesito la ayuda de una persona que se enriquece con la fé de la gente, lo que necesito es un café para no dormir, temo al solo hecho de pensar que volveré a ver las imágenes, déjame decirte, anteayer mientras estaba recostado en la cama escribiendo mi diario, una visión sacudió mi mente, era una persona alta, de piel oscura y en su frente tenía una marca que no pude siquiera observar, en su cintura portaba una espada larga de doble filo, tenía una expresión como de pesar y a la vez odio, venía montado en su caballo, cabalgando a gran velocidad, el equino parecía venir de otro mundo, era como un relámpago en forma de animal de piel negra, que cada vez que avanzaba hacía que la tierra se hundiera con brusquedad, ¿sabes? Era como si el personaje pesara toneladas y quisiera deshacerse de ellas- angustiadamente dijo el anciano.

Perpleja, la señora salió del cuarto y se dirigió hacia la cocina, para preparar la bebida de su esposo, al regresar al despacho vio a su esposo, que yacía semiacostado sobre el escritorio, posando como un alumno que estudia un día antes para un difícil exámen, por lo que dejó el café de lado y sacó unas cobijas de una extraña caja llena de signos de los poblados nativos para tapar a su “viejo y usado” como de cariño le decía.

Matamoscas M.R.